Las brujas del capital y la espiritualidad en Instagram

La desacralización del mundo moderno ha conseguido que actitudes y ritualismos de origen religioso se desliguen de su culto original, dotando al término “religioso” de implicaciones y connotaciones negativas.[1] Ahora esas “mitologías privadas” (Eliade, 1957) de la mujer o el hombre moderno, sus supersticiones, sus experiencias oníricas, o sus fantasías de estructura mágica-religiosa, conforman el mundo de una nueva espiritualidad individualista y moldeable. El mercado y la tecnología han hecho de estas tendencias neo-religiosas un fragmento más de nuestra identidad construida a través de imágenes, ya no litúrgicas, sino digitales.

Las imágenes se han convertido en una forma más de conocimiento y de aprendizaje, llegando a nosotros a través de nuestras pantallas para dotar de sentido y forma a la realidad. Pero, ¿acaso los productos audiovisuales nos proporcionan de verdad una mayor comprensión del mundo? En las redes sociales, una de las corrientes más grandes de imágenes que consumimos diariamente, se alza ahora un “panteón profano” (Mattei, 2015) dominado por unos referentes caracterizados por la ilusión de proximidad que proporcionan plataformas como Instagram o Twitter; los influencers. En este pequeño artículo vamos a intentar analizar un nuevo tipo de influencer que ha surgido en el campo de observación social que es Instagram; el influencer espiritual.

Neoliberalismo mágico

En la última década hemos visto cómo el neoliberalismo se ha apropiado de discursos sociales como el feminismo o el movimiento LGTB, adaptándolos para un consumo general y despolitizado. En este caso, el neoliberalismo ha adaptado un popurrí de creencias hinduistas, budistas y taoístas (entre otras) creando un modelo de lifestyle exótico, estéticamente agradable, que dista mucho del culto original y que, además, genera riqueza. Desde leer la carta astral, equilibrar tus chakras, ver el color de tu aura hasta asignarte piedras con propiedades curativas son algunos de los servicios que estas influencers ofrecen por un módico precio, mientras te recomiendan libros de autoayuda como El Alquimista de Paulo Coelho. Estas curanderas modernas responden a una especie de “meritocracia cósmica” en la que el mensaje ya no es “eres pobre porque no te has esforzado lo suficiente”, sino “eres pobre porque no has proyectado bien tus deseos al universo”. 

¿Activismo espiritual o recurso estético?

Suele haber dos corrientes —aunque a veces se mezclan— de activistas espirituales; las chamanas que basan sus prácticas en la cosmología oriental, y las brujas modernas que realizan rituales paganos. Ambas se conciben como una forma de “empoderamiento” para la mujer blanca occidental, que adopta el papel de “antropóloga espiritual” y posee actitudes colonialistas camufladas bajo el ala del privilegio. Un ejemplo de esto podría ser la youtuber simplykenna, ahora conocida como cozykitsune, que se declaró abiertamente budista aunque “nunca había creído en dios”, ya que para ella el culto budista era más una filosofía que consistía simple y llanamente en “ser buena persona”. Declaraciones de este tipo podrían justificarse en la ignorancia o la buena intención si no fuera por el evidente propósito detrás de todo esto; la estética. Y es que la decoración minimalista de tu salón no te hace zen, ni tener cabezas de buddha por la habitación te hace más espiritual. De hecho, algo que la mayoría de consumidores desconoce o pasa por alto al comprar piezas similares es que los iconos budistas siempre se representaban de cuerpo completo, y fueron tanto colonizadores británicos como traficantes del mercado negro los que saquearon templos y decapitaron figuras de buddha para llevárselas a sus casas como una especie de “souvenir”, o comerciar con ellas y deslegitimar así las creencias de sus subalternos; las mismas que ahora se exhiben como decoración.

Capitalismo saludable

Estas influencers proyectan un modelo de vida atractivo, pero imposible de conseguir sin una buena situación económica. La redes sociales y especialmente Instagram, se convierten en la plataforma ideal para exhibir su vida diaria o daily routines, consistentes en ocupar todo su tiempo en surfear, meditar y hacer yoga en sus residencias de Bali o Tailandia, con el objetivo de crecer espiritualmente y ser mejor persona.

  Abanderadas del veganismo y lo eco-friendly o saludable, estas influencers no solo proyectan un modo de vida inalcanzable para la mayoría de su público, sino que a veces transmiten a sus seguidores “consejitos” que rozan la pseudociencia, mensajes nocivos lanzados a sus seguidores sin ningún tipo de respaldo científico o crítico: “si nos enseñaran a controlar nuestras células con la mente no nos pondríamos enfermos” -Miranda Makaroff; “el agua deshidrata más que hidrata” -Marina Yers; “beber agua caliente mata al virus” -Paula Gonu. Estas son algunas de las recomendaciones que influencers españolas han lanzado en plena crisis mundial, tiempos de extrema precaución en los que deberíamos depositar nuestra confianza en los profesionales de la sanidad. El discurso de la influencer espiritual siempre está enmarcado en los valores del capitalismo y sus actos son individualistas y despolitizados, pero siempre teñidos de espiritualidad y “buenas vibras”.

El bazar de Oriente

Podríamos argumentar que aquí pasa lo mismo, por ejemplo, cuando los artistas de trap recurren a la iconografía católica como elemento estético en sus vídeos musicales. La diferencia radica en que no se separan los iconos de su culto —ya que no solo se utilizan representaciones de Cristo sino la liturgia católica en general—, ni se trata de una apropiación de las creencias de una cultura no occidental. Y es que Occidente siempre se ha apoderado de fragmentos de las culturas orientales según sus intereses específicos de cada momento, a la vez que perseguía y condenaba lo que no le gustaba. Tanto los hippies de los 70 y su atracción hacia el hinduismo como las influencers espirituales de Instagram, constituyen una larga tradición de orientalismo acrecentado cada vez más por la tecnología. Ya no se trata de faltar el respeto a una religión o a otra, sino reconocer que el privilegio y el mercado han hecho de Oriente un bazar de tradiciones, creencias y estética donde el resto del mundo coge lo que le apetece y desecha lo demás.  

*FOTO: gabyherstik (Instagram)


[1] El término “religioso” se asocia ahora con las religiones institucionalizadas y sus dogmatismos.

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