El feminismo en disputa: quiénes somos

Me gustaría pensar el debate actual sobre el sujeto político del feminismo como otra crisis epistemológica en un mundo social que ofrece pocas certezas. Decía Gramsci que los momentos de crisis son aquellos donde «lo viejo no termina de marcharse y no nuevo no termina de nacer». Y es que hoy por hoy desconocemos demasiadas cosas: los elementos que tradicionalmente han cimentado la sociedad (Dios, la familia, el trabajo) se tambalean víctimas de un capitalismo salvaje y depredador que impone el consumo como ideología. A veces ni siquiera sabemos cuáles son nuestros derechos. Pero al menos podemos afirmar quiénes son las mujeres y quiénes son los hombres, ¿o no?

De la redistribución al reconocimiento

A finales del siglo XX el problema de la redistribución -que había sido el caballo galopante de las vindicaciones ligadas a la izquierda clásica- fue reemplazado por el paradigma del reconocimiento. Desde entonces, la lucha por el reconocimiento de la diferencia (de la tendencia sexual, nacionalidad, cultura…) se ha convertido en el epicentro del conflicto político y social y ha dado lugar a una oleada de movimientos identitarios entre los que destaca el pensamiento Queer auspiciado por una de las grandes maestras de la teoría feminista: la formidable Judith Butler. Podemos ensayar una definición de las Teorías Queer como un conjunto de ideas que establecen que tanto el género como la sexualidad son el resultado de una construcción social. Nuestra identidad, cómo amamos, cómo estructuramos nuestras relaciones interpersonales es producto de circunstancias coyunturales, varía en cada sociedad.

En este sentido, el feminismo también se ha visto empujado a abrir los ojos y adecuarse al contexto. Hasta el momento, las políticas de género estaban dirigidas exclusivamente a «mujeres», pero no a cualquier mujer, a un concepto de mujer restringido. Un proto-mujer hegemónico (blanca, hetero, de clase media o alta, sin discapacidad) sospechosamente similar al universal masculino que tanto se había cuestionado.

Deconstruir el ideal de mujer es reconocer que la misoginia sufrida por una discapacitada cis es diferente a cualquier otra. Así, resulta imposible para una mujer separar su condición de mujer de, por ejemplo, su condición de inmigrante. De su pobreza. De ser negra. Y, si embargo, hay algunas que, apoyándose en el mantra occidental por excelencia (la Ciencia, sí, con mayúscula, más concretamente la biología) se creen con el derecho de decirle a una mujer trans que no es mujer o a una mujer racializada que deje su raza en casa cuando quiere hablar de feminismo.

Quiénes somos

El sociólogo Boaventura de Sousa Santos dice que «hay cosas que no tienen solución teórica, sólo son posibles en la práctica». Que en el marco teórico pueden dar lugar a debates infinitos que muchas veces se quedan en lo abstracto, en lo conceptual, y no consideran o no se corresponden con las realidades materiales existentes. Esto es un poco lo que ocurre con la idea que persigue el feminismo radical de abolir el género. A nivel teórico tiene mucho sentido pero en la praxis no resuelve la explotación económica y laboral que sufren las personas trans a diario. Decir que ser trans es “un estilo de vida” es una visión muy obtusa. Cuando Butler publica “El género en disputa” busca algo muy importante: dar dignidad a las minorías sexuales. Porque es evidente que esas minorías han estado postergadas en los márgenes del sistema.

Entonces, ¿debe el feminismo amparar la Teoría Queer y sus demandas? Creo que Nancy Fraser acierta cuando afirma que no todas las diferencias deben ser reconocidas, que no todo vale y que hay que rechazar aquellas diferencias que fomentan la subordinación o que implican desigualdad. Estamos hablando de ampliar el sujeto del feminismo pero sin perder de vista que el carácter subversivo es el motor del movimiento.

Luego, claro que las mujeres trans tienen cabida en el seno feminista. Pero cuidado, no caigamos en la torpeza de ser parciales en el análisis. Si entendemos el patriarcado sólo como heteropatriarcado (es decir, como un sistema de dominación exclusivamente sexual) y nos dejamos la perspectiva de clase por el camino, nos estamos quedando cortas. Es necesario un ejercicio de síntesis, amplio de miras, que logre conexionar todos los enfoques y aborde el patriarcado en toda su complejidad.

En este marco, y si queremos hacer del feminismo un modelo alternativo y no un movimiento excluyente y reproductor de las desigualdades, acoger la interseccionalidad es prácticamente obligatorio.

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