La Transición, el molde de arcilla de las potencias internacionales

*Fuente: Vanity Fair

En días como hoy echo de menos a mi abuelo. A diferencia de otrxs muchxs, él tuvo la suerte de hacerse viejo. Mi abuelo no era la persona más politizada del mundo, pero sí me transmitió la importancia de estar informada. Tanto para él como para mi abuela era importante que ningunx de sus hijxs y nietas fuesen personas ignorantes. Y no porque fuesen elitistas, mi abuela ni si quiera pudo ir al colegio, bueno no es cierto, sí fue, pero de adulta, con los cincuenta bien entrados; la edad no echó nunca por tierra su sueño de aprender a leer y escribir. Pero volviendo a mi abuelo, el hecho es que él fue una de las causas por las que me empecé a interesar en la política, y la razón principal por la que escribo este artículo.

No recuerdo exactamente las palabras, pero varias veces que hablamos sobre la Transición, mi abuelo decía que Adolfo Suárez hizo lo que pudo, que no le dejaron hacer más. Creo que nunca estuvo conforme con cómo se había dado el proceso democrático, pero lo que sí sé es que jamás supo explicarme por qué la izquierda o, mejor dicho, por qué la sociedad española iba sentenciada con la mano perdedora desde un inicio. Y no hablo solo de la conocida Ley de Amnistía, que para quién no lo sepa fue una ley, que como bien explica en su artículo mi compañero Diego F. Acebo (Ejercicios de memoria: reescribir el relato histórico), permitió asentar un “pacto del olvido”, el cual llevó a que no solo se amnistiara a las víctimas y  presxs políticxs de izquierdas, sino que amnistió a los verdugos, a los altos cargos y élite del régimen franquista quienes pasaron a formar parte de dos de los nuevos partidos de la democracia: Alianza Popular (predecesor del PP) y UCD.

Fuente: Google Imégenes

Pero este artículo no gira en torno a ese pacto, ni en torno a las víctimas y sus descendientes, que hoy siguen luchando para hacer justicia a miles de historias humanas que todavía siguen olvidadas bajo la tierra. Este artículo trata de aportar un poco de luz para entender por qué tuvimos el modelo de transición que tuvimos. Y para eso necesito que nos situemos a caballo entre finales de la década de los sesenta y principios de los setenta. El telón de acero divide el mundo en un bloque comunista y otro capitalista. Franco está mayor y aunque en el plano nacional se apuesta por Carrero Blanco para sucederle, a nivel internacional no se tiene tan claro. EEUU y Europa tienen dudas sobre el futuro político de España, no porque después de casi cuarenta años de dictadura se hayan apiadado de la ciudadanía, sino por cuestiones geoestratégicas.

Como se aprecia en la imagen España conecta el mar Mediterráneo con el océano Atlántico y el estrecho de Gibraltar es la orilla más próxima al continente Africano, además de ser uno de los pasos claves de las rutas marítimas militares y comerciales (de ahí deviene el conflicto de España y Reino Unido por el control de Gibraltar que tuvo bastantes picos de tensión durante el franquismo, pues la segunda mantiene una base de inteligencia y otra militar en el peñón que poca gracia le hace a la primera). Estas características geográficas convirtieron a España en un país a tener en cuenta por parte del bloque occidental.

El papel de EE.UU y la no alternativa al rey

La ya descrita posición geoestratégica de España llevó a que EEUU firmase, en 1953, con nuestra nación los Pactos de Madrid, tratado que facilitó que España recibiese 589 millones de dólares entre 1955 y 1958 a cambio de la cesión de derechos a EEUU del uso conjunto de ocho bases aéreas y dos navales en territorio español (Cavalieri,2014:68). En realidad, la ayuda prestada por EE. UU. apenas significó un 1% del PIB español, pero fue clave para la instalación de bases norteamericanas permitiendo al país del Tío Sam utilizar éstas sin solicitar el consentimiento de las autoridades españolas, y posicionarse así en un buen lugar en su cruzada contra el comunismo. Ese pacto abrió la puerta a los conocidos Acuerdos de amistad y Cooperación que se irán renovando cada cinco años (aproximadamente), con grandes tiras y aflojas entre el ejecutivo norteamericano y el régimen franquista. Pero a nosotrxs nos interesa la renovación de 1969. Este año es clave, pues en junio del mismo, se nombra a Don Juan Carlos como sucesor de Franco a título de rey (Powell en Martín García,2010:72). Los de Washington, con Nixon de presidente y Kissinger consejero de seguridad nacional (en la actualidad se sabe que estuvo detrás de numerosos golpes de Estados en países con gobiernos de izquierdas, como fue el caso de Chile), buscaron establecer buenas relaciones con el dictador español, lo que llevó a comenzar a renovar las negociaciones sobre los acuerdos citados arriba, que fueron firmados en 1970.

¿Y qué tiene que ver esto con La Transición?

Mucho. La renovación de este acuerdo no sólo implicó una firma, sino la visita de Nixon a Madrid. Nixon tuvo una audiencia con Franco, la cual había sido intencionadamente limitada por los organizadores del viaje, a causa de la vejez del dictador (Powell en Martín García, 2010:72). Pero a cambio de limitar esa audiencia, a Nixon se le propuso reunirse con Juan Carlos, a quien Kissinger en un informe había definido como “una fuerza estabilizadora durante la transición, bastante proamericano(…) siendo de gran importancia desarrollar una cálida relación con él” (Powell en Martín García,2010:74) y con Carrero Blanco, quien era considerado el principal candidato a ocupar el puesto de jefe del Gobierno”.

Fuente: La Vanguardia

La reunión de Nixon con el rey fue clave para cambiar la visión que había en España sobre Juan Carlos; el por aquel entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne (futuro fundador de Alianza Popular), comentó al embajador norteamericano del momento que “antes del viaje, muchos pensaban que el príncipe era un niño, pero que tras verle junto a Nixon habían comprendido que estaba destinado a desempeñar un papel decisivo”. Pero el papel que jugó el rey se lo diseñaron los norteamericanos, pues el encuentro de Nixon con Juan Carlos tenía como finalidad que el primero le dejase claro al segundo “la necesidad de mantener el equilibrio correcto entre la estabilidad y el cambio” (Powell en Martín García,2010:74). Con ello la administración Nixon simplemente quería asegurar que tras la muerte de Franco no se daría inestabilidad política que pusiese en peligro sus bases militares, y por ende su posicionamiento geoestratégico.

Ahora damos un pequeño salto en el tiempo para situarnos en 1974, debido al escándalo Watergate, Nixon dimite y Ford pasa a ser presidente manteniendo a Kissinger como secretario de Estado. Pero lo más importante, tendrá lugar en Portugal la revolución de los claveles, que pondrá fin al régimen autoritario conocido como Estado Novo, fundado en 1933 por Antonio de Oliveira Salazar y llevará a que en el primer gobierno provisional portugués entren dos comunistas, lo que hará temblar a EEUU. Para evitar que España imitase a su vecino portugués, la administración Ford se esforzó en que, tras la no tan lejana muerte del dictador, se diese una evolución política gradual. Para esa evolución política progresiva era necesario empezar a contactar con los líderes de la oposición que operaban ilegalmente, claro que de estos contactos se excluía al partido comunista. En enero de 1976 con Franco ya muerto en su camita, Kissinger se reunión con Fraga (ministro de la gobernación por aquel entonces) y con Areilza (ministro de Asuntos Exteriores) para asegurarse de que el proceso de transición iba a ser como Washington marcaba, sin comunistas y con el rey como jefe del Estado. En esa reunión Fraga reconoció que la idea era hacer una “reforma constitucional que permitiese la creación de unas nuevas Cortes bicamerales, en las que el Congreso sería elegido por sufragio universal y el Senado mantendría una composición corporativa, el futuro presidente del Gobierno sería nombrado por el rey, a partir de una terna que le elevaría el Consejo del Reino, como había ocurrido hasta entonces, pero teniendo en cuenta los resultados electorales” (Powell en Martín García, 2010:84). A Kissinger esto no le hizo especialmente gracia, pues podía suponer la entrada de los comunistas en el gobierno, pero Fraga le tranquilizó al afirmarle que la idea era que solo cuatro partidos se presentasen a las elecciones, dos de derechas (uno neofranquista= Alianza Popular y otro moderado=UCD) y dos de izquierdas (uno democristiano y otro socialista=PSOE).

Esta idea también fue traslada hacia Europa, que como veremos más adelante también jugó un papel importante. Los europeos no veían democrático que el rey nombrase al presidente del gobierno, así se lo manifestó el ministro de asuntos exteriores irlandés a Areilza. La presión de los europeos y las constantes críticas por parte de la prensa europea al cada vez más desgastado y represivo gobierno de Carlos Arias Navarro, llevaron a Kissinger a manifestar las siguientes palabras:

“Es mejor prometer que dar. No hagan caso a las exigencias de los europeos más que en aquello que realmente les convenga a ustedes. Bastarán probablemente para que entren en la Comunidad y luego en la Alianza Atlántica(…) Hagan cambios y reformas y den libertades. Pero el calendario lo fijan ustedes. Y mantengan la fortaleza y la autoridad del Estado por encima de todo. El ejemplo portugués, supongo ha de servirles. ¡Vayan despacio!” (Powell en Martín García,2010:86).

Por otro lado, Kissinger le trasladó a Ford la importancia de que su administración demostrase apoyo al rey como la mejor baza para asegurar una evolución democrática estable que protegiese sus intereses en nuestro país. Para asegurar su baza determinó cuál debía ser el papel del rey emérito ya que “para evitar convertirse en una mera figura decorativa, debía proyectar una imagen más amplia, por encima de la política entendida en sentido partidista, pero comprometido con los cambios que fuesen aceptables a una sociedad española en evolución” (Powell en Martín García, 2010:88) ya que de esa evolución dependía el futuro de la monarquía. A diferencia de los norteamericanos, los jefes de gobierno europeos presionaban para que en el referéndum del 78 se plantease a la ciudadanía si quería monarquía o república, claro que se impusieron los intereses norteamericanos. Como Adolfo Suárez reveló a la periodista Victoria Prego en 1995, el hecho de haber celebrado ese referéndum hubiese hecho perder a la monarquía, por lo que se incluyó al rey en la Reforma del 78 como clave para la democracia.  Kissinger ganó esa partida, no así la del comunismo, pues en 1977 entró a la presidencia un demócrata, Jimmy Carter quien tomó una postura más favorable con respecto a la amenaza comunista en Europa. Este cambio de administración fue un factor relevante para que en abril de 1977 el presidente, Adolfo Suárez, permitiese la legalización del PCE, pues como argumentó en Washington al presidente norteamericano: “la exclusión de los comunistas habría puesto en duda la legitimidad de la consulta electoral” (Powell en Martín García,210:93).

Adolfo Suárez junto a Jimmy Carter. Fuente: El Mundo.

Pero el papel jugado por EE. UU. no es el único que determinó nuestro modelo de Transición. Tres fueron las potencias europeas que jugaron un papel determinante: Francia, Alemania y Reino Unido.

El papel de Reino Unido, Alemania y Francia y la no alternativa a Felipe González

Las relaciones de España con Gran Bretaña fueron durante el franquismo bastante tensas debido a Gibraltar. De hecho, no será hasta la Declaración de Bruselas de 1984, dos años más tarde de la apertura de la verja de Gibraltar por parte de las autoridades españolas, que se normalizaron las relaciones con el país anglosajón. Y a pesar de no haber influido de la misma manera que sus homólogos alemanes, el gobierno británico contempló con reticencias que la transición del régimen autoritario al democrático en España fortaleciese a los comunistas y pusiese en peligro sus intereses en el Peñón. De esta manera, para prevenir la posibilidad de un fuerte peso electoral del PCE, “el Gobierno inglés junto con otros socios europeos apoyaron a los socialistas (personificados en la figura de Felipe González), como única opción aceptable que podía competir con los comunistas en el mismo espacio político de la izquierda” (Martín García,2010:166). Ese apoyo del gobierno laborista se cristalizó en la visita de Felipe González a la tradicional Convención Laborista en Blackpool, en octubre de 1976, junto con el apoyo a UGT para que se convirtiese en el centro de la actividad sindical frente a Comisiones Obreras, próximas a la ideología comunista.

Pero el sostén más importante del partido socialista provino de Alemania y Francia. Los gobiernos de ambas naciones eran favorables a que tuviese lugar una transición “moderada”. La Cancillería alemana de gobierno socialdemócrata trató de favorecer por todos los medios al PSOE. Pero no fue el único actor, la Fundación Ebert Stiftung (creada por el partido socialdemócrata alemán) donó grandes sumas de dinero al partido de González, junto con otras empresas alemanas que confiaban en la moderación del partido (L.Bernecker en García,2010:186). Gracias al apoyo alemán, tal y como reconocerá Felipe González una vez sea elegido presidente, el PSOE logró posicionarse como un actor fundamental en la Transición:

“También sé una cosa, que hoy no estaría aquí y que en este duro trabajo no habríamos logrado tanto si no hubiera podido contar con Willy Brandt. Incluso quisiera decir: se debe mayoritariamente a sus ideas que yo hoy pueda estar aquí” (Discurso de González en Martín García,2010:184)

Willy Brandt fue canciller alemán entre 1969 y 1974 y quien afirmó (tras visitar Portugal una vez sucedida la revolución de los claveles) que “la democratización del sur de Europa debía encauzar mediante apoyo intenso a los socialistas” (Bernecker en Martín García,2010:182). Su sucesor en la cancillería, Helmut Schmidt, no solo se posicionó junto con otras potencias occidentales en favor de apoyar a Juan Carlos como factor de estabilidad, sino que seguirá la línea de Brandt “y apostará claramente por el PSOE a través de tres vías: en primer lugar, mediante apoyo financiero; en segundo lugar, promocionando al PSOE entre la socialdemocracia europea y, por último, presionando al gobierno español con el objetivo de que rebajase la represión, legalizase la oposición y acelerara el cambio político” (Pereira,2004:215).

Felipe González y Willy Brandt: Fuente: Fundación Felipe González.

Por último, nos queda Francia. El rey emérito supo jugar sus cartas y le pidió apoyo al entonces presidente francés, Giscard d’Estaing (quién se presentó en la coronación del rey del año 69): “usted debe apoyar la Monarquía, porque eso es lo que va a ser España; es la única solución para que no tengamos una nueva guerra civil” (Pereira,2004:2011). En una entrevista realizada por el Catedrático de Historia Juan Carlos Pereira (2004:2013) a Alfonso Guerra (número dos del PSOE), éste último reconoció que a pesar de la duda del secretario general del partido socialista y luego presidente de Francia, F. Mitterrand sobre si apostar al PSOE o el PCE, el partido socialista francés comenzó a financiar a su homólogo español mucho antes de la muerte de Franco.

La capacidad de agencia y el azar

Si mi abuelo viviese me diría que aprendiese a jugar bien a la brisca, que era su juego favorito porque, aunque unx no controla la mano que le toca, si tiene paciencia y sabe jugar puede salir bastante airoso o incluso ganador. Suarez y González jugaron bien sus partidas, Suárez no salió tan bien parado en su presente, como si lo haría González, pero el primero hoy en día es un mito, al contrario que el segundo, que más bien tuvo su momento de luz tras el franquismo. En cualquier caso, sin la intervención de las potencias extranjeras que no obraron por el interés de la ciudadanía española sino por sus propios intereses, tal vez y solo tal vez, España hubiese tenido una transición como en Portugal, y los huesos bajo la tierra hoy en día tendrían nombres y apellidos, o mejor dicho los habrían recuperado junto con la justicia.

Para ampliar información:

-Martín García, Óscar y Ortiz Heras Manuel (2010) Claves Internacionales en la Transición Española. Catarata. Madrid

-Pereira Castañares, Juan Carlos (2004) El factor internacional en la Transición Española: la influencia del contexto internacional y el papel de las potencias centrales. Ediciones Universidad de Salamanca.

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