Un feminismo para todas (las especies)

*3 de noviembre 2018. Manifestación antiespecista Madrid. Fotógrafa: Julia Blanco Ramos

“El feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas” es una de las definiciones más extendidas actualmente sobre los objetivos del movimiento feminista, que, como espero que tengamos claro, busca la igualdad. ¿Pero las mujeres buscamos la igualdad de quiénes? Relacionamos ser reconocidas como “personas” como categoría fuera de las dinámicas de opresión. Sabemos que a ojos de la historia no hemos sido personas, ni ciudadanas, sino esposas, madres, hermanas o simplemente no hemos sido, y queremos reclamar nuestro lugar como sujeto emancipado. Sin embargo, hay un sector del feminismo (al cual pertenezco) que no le vale esta definición.

No consideramos que solo el sufrimiento de las llamadas “personas” es el que deba ser tomado en consideración moral por la sociedad. En su lugar, proponemos términos como “individuo” o “sujeto”, que englobaría a todo ser sintiente. Las mujeres hemos identificado claramente a nuestro enemigo: el sistema patriarcal y capitalista, pero es hora de ver al resto de compañeres a las que afecta la existencia de una sociedad de consumo con un poder exclusiva o mayoritariamente ocupado por los hombres.

En los años 70 y 80, comienzan a surgir en el debate ecofeminista la evidencia de relación entre la opresión de la mujer y les animales no humanes. Lo primero que relacionaron fueron las dinámicas de violencia y el sometimiento por parte de los que se consideraban superiores sobre las supuestamente inferiores, más débiles, con un destino predeterminado como producto de consumo o bajo la esclavitud de los deseos del amo. El denominador común de todas las opresiones. Alicia H. Puleo en su libro “Claves ecofeministas” define este movimiento como “una visión empática del mundo de la Naturaleza y una redefinición del ser humano para avanzar hacia un futuro libre de toda dominación.” La Naturaleza no es sinónimo de “medio ambiente” para la autora, poseyendo este último término connotaciones de entorno que debemos proteger para el beneficio de les humanes. Naturaleza como entidad independiente que deba ser conservada por su propio valor y la importancia de todas las vidas de los individuos que la conforman. Las mujeres buscamos un feminismo interseccional que luche por la supresión de todas las dominaciones del sistema, incluyendo por tanto, la dominación sobre les animales no humanes.

Vayamos del interior al exterior. Nuestra convivencia con animales no nos excluye en absoluto de los roles impuestos desde el sistema. Puede que consideres a tu perro como tu más querido amigo o a tu gata como la perfecta compañera de siestas, pero recuerda que te los regalaron por tu cumpleaños metides en una angustiosa caja con agujeros. Ya de base, les amigues no se regalan, los productos sí. Sin embargo, obviando que no ha sido tu culpa, deposito mi confianza en ti para explicarle a esa persona que no te ha “regalado” una “mascota”, sino que ha hecho llegar hasta ti une compañere de vida. Desafortunadamente, no siempre serás tú quién esté en esta situación, y la concepción de les animales con los que convivimos como productos puede convertir su vida en un verdadero infierno.

Si pensamos en elles como productos que están en este mundo para hacernos compañía y entretenernos en vez de como individuos independientes, podemos fácilmente prever resultados como el maltrato, el abandono o incluso el asesinato cuanto menos cumplan están función que les hemos asignado. Es el caso de ese galgo que lleva toda su vida encerrado en una jaula y solo sale cuando el cazador le utiliza como herramienta para su diversión. Un mal día, el galgo será herido por un perdigonazo, atacado por otro animal o simplemente correrá más lento por el paso de los años. Será entonces cuando deje de cumplir su destino asignado por ese dios que es el hombre, y este le quitará la vida. Igual que esa mujer que no tiene la comida hecha cuando su marido llega de trabajar, lo que provoca en su cabeza de… maltratador (reniego de comparar a los maltratadores con los animales, ya que nada tienen que ver) la justificación para pegarla, violarla o, incluso, asesinarla. También es una situación típica de maltrato que el maltratador rompa objetos de valor para la mujer, y en muchas ocasiones, los animales concebidos como una extensión de la decoración entran dentro de estas dinámicas. Por tanto, ambes, mujeres y animales, son víctimas de la violencia patriarcal. El ecofeminismo ha llegado a la conclusión de que la aceptación del maltrato animal como algo normal y las prácticas de dominación violenta con respecto a los animales, predispone y facilita que en determinados momentos se apliquen también a les humanes (violencia de género, abusos
infantiles, etc.).

El especismo y el machismo tiene una relación muy cercana y es por eso que las mujeres somos mayoría en el movimiento por la liberación animal, con una amplia participación en protectoras, santuarios, ONGs y partidos animalistas. Para las elecciones de 2016, PACMA poseía un 75% de mujeres entre los números uno en las listas al Congreso de los Diputados. Además, reputadas secciones como “El caballo de Nietzsche” en el eldiario.es también son espacios antiespecistas liderados por mujeres, en este caso, editado por Ruth Toledano y Concha López. Con esto no quiero desalentar tampoco a ningún hombre, ya que cada vez son más los que dejan de lado la masculinidad tóxica impuesta y abrazan la lucha por un mundo más empático.

Y es que, como constata Alicia H. Puleo, es precisamente los roles de género una de las explicaciones que damos a esta implicación emocional de las mujeres en cuestiones de maltrato y abuso hacia el resto de seres sintientes. Los hombres siguen, en muchos casos, sujetos a conservar su masculinidad patriarcal, lo que conlleva no sensibilizarse con el sufrimiento de otros, reprimir la empatía y la compasión (atributos asignados a las mujeres) y rechazar los cuidados. Incluso en las mujeres estos cuidados deben ser, según el patriarcado, secundarios. No vayamos a desatender nuestro “destino biológico” y en vez de tener hijes tengamos gates. Este desafío al orden preestablecido nos convierte inevitablemente en “locas de los gatos”, recordándonos que nuestro valor esta estrictamente ligado a nuestro rol como esposa y madre. Por el contrario, actividades como la caza deportiva, eminentemente practicada por hombres, es concebida como una expresión de su virilidad y reconocimiento de su identidad de género. Lo mismo ocurre con la tauromaquia, donde la incorporación de toreras al ruedo es algo novedoso pero que no representa en absoluto una integración positiva de la mujer en el ocio, sino todo lo
contrario.

En su libro “La política sexual de la carne”, Carol J. Adams explica que el patriarcado es un sistema de género que esta implícito en las relaciones humanas y animales, relacionada con como vemos a les animales (especialmente a les que son consumidos). Se les convierte en «referentes ausentes», es decir, sin los animales no habría consumo de carne y, sin embargo, están ausentes del acto de comer carne porque han sido transformados en comidas. Me parece muy interesante un análisis de Adams sobre cuando las víctimas de violación o las mujeres maltratadas dicen “me sentí como un trozo de carne”. La carne por definición es algo violentamente privado de todo sentir. El uso de la frase “sentirse como un trozo de carne” se da dentro de un sistema metafórico del lenguaje que enlaza ambas opresiones, que transforma a los sujetos en objetos y los desliga de su individualidad y su poder de decisión.

Adams nos habla de cuatro fases del consumo cárnico, enmarcando la actualidad en la cuarta fase: aquella en la que les animales son separados de la experiencia cotidiana de la mayoría de la gente, excepto en su destino final como comida, y en la que el consumo de proteínas (tanto animalizada como feminizada, es decir, huevos y leche) está desorbitada. Las hembras son oprimidas por su feminidad y, en esencia, se convierten en nodrizas sustitutas. Cuando su productividad como Madres termina son asesinadas y se convierten en proteína animalizada.

En conclusión, aunque me haya centrado en el antiespecismo, es necesario un feminismo interseccional que reniegue de todo sistema de opresión.

Debemos renegar de ese lenguaje simbólico. No hablamos de unidades, sino de vidas de seres sintientes. No hablamos de número de feminicidios, de cifras, sino del asesinato de mujeres, entendiendo la dimensión de una vida con nombre, familia, amigues, etc. Cuando lo que tienes delante ya no es un bebé, es carne de ternera o cordero, a tu conciencia le cuesta más asimilar la implicación del consumo. Llamarlo “trozos de animales asesinados y descuartizados tras una vida de esclavitud” o decir que una mujer fue “asesinada por X” y no “murió a causa de X” quizás nos ponga frente al espejo pero debemos dejar el lenguaje simbólico y describir la realidad como es. El patriarcado nos está matando y cuando consumimos carne estamos asesinando a alguien.

Debemos renegar de aspirar a tomar el poder y convertirnos en el opresor. Se me viene a la cabeza precisamente un artículo llamado “El feminismo ha de ser antiespecista” de “El caballo de Nietzsche” sobre el mundo rural. El trabajo del feminismo antiespecista debe ser reivindicar ese medio rural que lucha por los derechos de todas las especies mediante protectoras, santuarios y otras tantas iniciativas, y renegar de esa España rural de la caza, la tauromaquia y la ganadería de la que tanto les gusta alardear a la ultraderecha. No queremos ser integradas en las estructuras de poder de nuestro opresores, sino destruirlas. No queremos unos San Fermines sin violaciones, queremos unos San Fermines libres de toda dominación, maltrato o abuso para todes.

Es necesario posicionarnos frente a los que nos oprimen pero darnos cuenta también de nuestra posición sobre el resto de oprimides, nuestra destrucción del planeta y sus afectaciones a los demás seres, nuestra responsabilidad como consumidores, nuestro privilegio blanco, occidental, de clase y sobre otras identidades de género. Tengo fe en que nosotras, que vivimos en un sistema que nos oprime por el hecho de ser, sepamos empatizar y hablar por les que no tienen voz. Porque somos las oprimidas, las asesinadas, las trans, las putas, las presas, las kellys, las racializadas, las gordas, las neurodivergentes, las malas mujeres, las madres solteras, las bolleras, las locas de los gatos, las gallinas, las cerdas, las vacas, las zorras, las perras.

Coeditora: Julia Blanco Ramos.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

Crea tu sitio web con WordPress.com
Comenzar
A %d blogueros les gusta esto: