El cine de terror tiene nombre de mujer

Desde que el mundo se llama mundo, o al menos desde que el mundo tiene constancia de llamarse mundo, la mujer ha estado atrapada en una visión vilipendiada, sexualizada y subordinada a la existencia masculina y sus intereses. De esta manera, el cine de terror desde sus inicios ha calcado dicha representación femenina en sus obras audiovisuales mostrando a las mujeres huyendo del miedo o como generadoras del mismo, mas siempre en relación a los hombres. El terror ha sido un género esencialmente ideado desde un prisma masculino para un público masculino.

Sin embargo, desde hace algunos años es posible visualizar una completa renovación del género de terror basada en la creación de historias hechas por mujeres y sobre mujeres.

Dentro de esta «nueva ola» coexisten directoras como Karyn Kusama (The Invitation), Ana Lily Amirpour (A girl walks home alone at night), Jennifer Kent (The Nightingale, The Babadook) o Agniezka Smoczynska (The Lure) entre muchas otras, las cuales aportan una nueva visión de lo femenino a un mundillo donde la mujer ha estado relegada por mucho tiempo a meros gritos ensordecedores y a una reificación de su propio cuerpo para el disfrute de unos cuantos.

Estereotipos y clichés, esa viaje confiable

Resulta particularmente sencillo detectar la estructura que prima en las mujeres que aparecen en películas de terror, planteándose así una variedad convergente entre femmes fatales, scream queens y final girls.

Desgranando estas definiciones, se aludiría a la femme fatale para hacer referencia a esa típica mujer malvada que utiliza la lujuria y la manipulación para hacer servir su voluntad. Es Tiffany Valentine Ray (Jennifer Tilly) en La novia de Chucky (1998) o Alice Madison (Patricia Arquette) en Carretera Perdida (1997), pese a que este último personaje depende en gran parte de la lectura que se saque de la críptica película.

Por otra parte, las scream queens son aquellas actrices intérpretes de las pesadillas que – generalmente – los hombres habían pensado para ellas. Existe una regla no escrita que suele aplicarse casi de manera innata en muchos filmes explicando que a mayor «pureza» y apariencia virginal de la mujer, más posibilidades de vivir tiene. De esta manera, casi inconscientemente se asocia la sexualidad con la muerte. Los personajes que pertenecen a este estereotipo son normalmente aquellas mujeres de aspecto seductor y sugestivo, cosificado, que corren mientras gritan desorbitadamente y que, además, son susceptibles de morir de la manera más sangrienta. Es Melanie Daniels (Tippi Hedren) en Los pájaros (1984) o Lila Crane (Vera Miles) en Psicosis (1960).

Resulta curioso, además, que los hombres tengan “permitido” gritar en el cine a lo William Wallace, como grito de guerra, pero pocos o ninguno gritará del susto en una película de terror.

Por último, las final girls son aquellas que consiguen sobrevivir. Como ya ha sido mencionado, vivir en muchas ocasiones depende de la castidad del personaje, por tanto, esta renuncia a una sexualidad activa, a la promiscuidad, y a muchas de las actividades «moralmente negativas», es una característica principal de esta estructura. Es el caso de Nancy Thompson (Heather Langenkamp) en Pesadilla en Elm Street (1984), Alice Hardy (Adrienne King) en Viernes 13 (1980) o Laurie Strode (Jamie Lee Curtis) en La noche de Halloween (1978).

Pese a que estos clichés pueden estar representados con más claridad en el subgénero slasher que en otros dentro del terror, son extrapolables a todo el género.

Fotograma de La bruja (Dir. Robert Eggers. 2015)

Afortunadamente, los tiempos cambian y la manera de hacer y ver cine también lo hace en consecuencia. Es así como surgen narrativas audiovisuales donde estos papeles se desvanecen dejando paso a personajes femeninos más realistas, con verdaderas aspiraciones y dejando atrás ese hedor sexista que ha impregnado buena parte de este género. A través de películas como Black Christmas (2019) – sin entrar a valorar la película en su conjunto – , por ejemplo y entre otros largometrajes, se presenta a un grupo de mujeres actuales, que se quejan cuando creen estar frente a una injusticia, que pese a tener miedo se alzan para poder sobrevivir, que no son utilizadas para formar una figura heroica masculina y, lo más importante, que tienen voz.

Actrices como Anya Taylor-Joy, por ejemplo, hace acopio de esa timidez y vulnerabilidad propia de las final girls del cine más clásico en una reinvención del cine de terror como es La Bruja (2015), donde su personaje se va construyendo en torno a un aura de oscuridad y resilencia, así como Aisling Franciosi en The Nightingale (2019), un angustioso rape-revenge ambientado en el siglo XIX.

Maternidad: cuando la mujer deja de ser mujer

La maternidad es ese tema tabú en el que nadie quiere ahondar pues todavía se mantiene esa creencia del don materno innato a la figura femenina. Son multitud las películas con madres perfectas que adoran a sus hijos, sus únicas ambiciones están relacionadas con la familia, rechazan la impureza y sonríen en demasía; dejan de ser mujeres para pasar a ser madres. Sin embargo, esta visión de la maternidad patriarcal no es más que eso, una ilusión que se ha pretendido meter con calzador en una sociedad que dista mucho de aquello.

Las mujeres no nacen sabiendo ser madres, se equivocan, tienen miedos, guardan rencores, se sienten solas, se enfadan, pelean y por supuesto, mantienen su apetito sexual. Y quizá, indagando un poco más en el tema, sea posible relacionarlo todo con la percepción de la mujer desde los inicios: el mito de Adán y Eva, la relegación de la mujer a su posible capacidad reproductiva. La mujer es más que una madre, y la relación con sus hijos e hijas puede no ser perfecta, hecho que se ve excepcionalmente retratado por Jennifer Kent en The Babadook (2014).

En este largometraje de terror, una viuda debe lidiar con el duro carácter de su hijo mientras carga el peso de la muerte de su marido en sus hombros e intenta rehacer su vida, todo ello a través del constante acecho de la figura de un monstruo literario que vive en su casa. La manera en que los personajes están representados y construidos en torno a las reales capacidades humanas y no a una fantasía imposible de alcanzar permite que, más para mujeres que para hombres, sea posible sentirse totalmente atrapado por la historia una vez se entra en ella.

Fotograma de The Babadook (Dir. Jennifer Kent. 2014)

Asimismo, Lynne Ramsay deja caer también una complicada maternidad en We need to talk about Kevin (2011), donde una mujer deberá soportar ser el blanco de la psicopatía de su hijo, mostrando un hastío y un cansancio muy distanciado de la típica madre que debe arrastrar todos los problemas familiares con una sonrisa.

En definitiva, poco a poco se comienza a indagar en ese oscuro lugar llamado maternidad, donde coexiste el temor con la felicidad y el cual supone un añadido a la vida de las mujeres, no una pérdida de identidad propia.

La realidad mejor la ficción

Justo siguiendo este último hilo, poco a poco se empieza a presentar una preocupación por temas que anteriormente no se exponían por ser mayormente femeninos, pero con el paso del tiempo los espacios se diversifican y se abren las puertas a nuevas visiones del mundo.

Uno de los casos que más interesante me parece es en la representación del despertar adolescente. Tomando como referencia la película Crudo (2016) de Julia Ducournau, a través del canibalismo se expresa el incipiente deseo sexual, la apertura de horizontes donde se comienza a explorar sobre temas desconocidos con anterioridad, el primer amor y un largo etcétera de características propias de la adolescencia.

También es la interseccionalidad del movimiento lo que hace que cuente con un valor tan rico, siendo a través de obras como el cortometraje Hair Wolf (2018) de Mariama Diallo, donde se realiza una incursión en la tan conocida apropiación cultural a través de unas empleadas de peluquería que deberán luchar contra un grupo de chicas blancas que pretenden aspirar el alma de la cultura negra, donde se indaga en temas que anteriormente carecían de tiempo de pantalla.

La preocupación por temas sociales dentro del terror acrecenta dicho miedo al conseguir plasmar aquello que es posible que pase en la vida real, creando una atmósfera mucho más elaborada y un terror mucho más psicológico que el producido con unos buenos efectos visuales y varios jumpscares, sin desmerecer a quienes consiguen provocar terror de esta última manera.

Señoras bien, señoras fetén

No son únicamente las películas dirigidas por mujeres las que se esfuerzan en plasmar personajes femeninos reales que muestren una verídica preocupación por los temas que afectan a la sociedad, sino que muchos directores optan por tomar este camino también.

¿Es posible que Toni Collette sea la mejor madre del panorama audiovisual? Personalmente, ni siquiera lo pongo en duda. Su trabajo bajo la dirección de Ari Aster en Hereditary (2018) resulta tan desgarrador como trascendental, desdibujando la figura de una madre desbordada de preocupación en un drama familiar convulso y sobrecogedor donde su papel está completamente alejado de la típica madre del cine (y particularmente relacionado con la ya mencionada The Babadook); así, Collette presenta a una madre que no quería ser madre en una familia donde la cotidianidad brilla por su ausencia, como si lo primero no fuera lo suficientemente aterrador por sí solo.

Toni Collette en Hereditary (Dir. Ari Aster. 2018)

Otra película en cierto modo rompedora en la manera de representar a la mujer en su sexualidad, aunque se trate a los personajes por igual independientemente del género, resulta It Follows (2014) de David Robert Mitchell. Por regla general, el sexo es equivalente a la perdición. Las mujeres que más disfrutan de mantener relaciones sexuales son malvadas o asesinadas, mas en este filme son precisamente aquellos que den lugar al acto sexual quienes se salven de la “maldición”. Obviamente, en el contexto y teniendo en cuenta la intención y la lectura de la película, es totalmente lógica esta narrativa; sin embargo, resulta en parte innovadora.

Por otra parte, Nicolas Winding Refn trae con The Neon Demon (2016) una visión de la dificultad de la mujer – extrapolable a los hombres en determinados aspectos – en la adolescencia, así como de los estereotipos de belleza que marcan la sociedad. También Drew Goddard con La cabaña en el bosque (2012) se hace eco de la representación sexista de los personajes del cine de terror y los deconstruye en una satírica e irónica mezcla de clichés del género.

¿Qué si aún falta mucho por evolucionar dentro del cine de terror? Totalmente cierto, pero eso no quita que se premie y se reconozca el gran esfuerzo de aquellas mujeres quienes han querido y podido – desgraciadamente, no todas pueden – conceder un espacio con el que sentirse a gusto y representadas dentro de un cine donde prima una masculinidad siempre al acecho.

Es extremadamente importante la representación que se muestra de la mujer en el cine pues resulta un reflejo de la mujer en la sociedad y forma parte de una relación bidireccional entre ambas. A más igualdad social, mejor representación; y dicha representación también sirve para educar y hacer ver que las mujeres son mucho más que algún agudo chillido y un par de pechos corriendo en primer plano.

Aún queda mucho por hacer y mucho por mostrar. Preparaos porque el cine de terror tiene nombre de mujer desde hace ya un tiempo, y ha llegado para quedarse.

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