“Los grandes artistas copian, los genios roban”: el interminable rompecabezas de la apropiación cultural

En la primavera de 2017, las polémicas declaraciones de uno de los mayores “icono joven” del siglo XXI (la estadounidense Miley Cyrus) para la edición de la influyente revista musical Billboard, desataron todo un aluvión de críticas en las redes sociales por parte de varias asociaciones y activistas afroamericanas, quienes denunciaron a la artista por apropiación cultural. El tono que la cantante empleó para referirse al estilo musical que durante los últimos años había caracterizado su discografía, el hip-hop, y que ahora estaba decidida a dejar atrás, no sentó nada bien entre los activistas afroamericanos, que concibieron las declaraciones de Cyrus como perpetuadoras de los estereotipos existentes sobre la comunidad negra.

 A lo largo de la mencionada entrevista, la de Tennessee se dedicó a marcar distancias con el contenido que ella entendía como propio del hip-hop, al cual llegó a calificar de “duro”, e incluso llegó a afirmar que se desvinculaba de susodicho género musical por creer que las “nuevas generaciones necesitan escuchar letras poderosas y positivas”. Estas declaraciones llegaban tras cuatro años en los que la cantante americana había publicado un sinfín de álbumes y sencillos de estilo hip-hop en los que reproducía los movimientos, bailes y expresiones típicas de este género nacido de la mano de afroamericanos y latinoamericanos a finales de los 60 en los barrios populares de la ciudad de Nueva York. Precisamente fue este reniego del género, posterior al lucro millonario que la artista hizo durante el periodo en el que llevó esta música como seña de su sello personal, lo que llevó al alzamiento de numerosas voces contrarias a Cyrus. El terremoto mediático se sucedió durante varios días dejando tras de sí el logro de introducir el problema de la apropiación en la prensa y opinión pública internacionales.

Pero, ¿qué es la apropiación cultural?

La gran atención mediática y el gigantesco peso en las redes sociales de esta polémica sirvieron para que en los años posteriores diversos artistas se vieran en la amarga tesitura de tener que confrontar su trabajo con las acusaciones de apropiación cultural, tal y como han sido los casos de Beyoncé, Coldplay, Rosalía o Bruno Mars, por mencionar solo unos pocos. Sin embargo, y a pesar de la gran participación que todos estos debates consiguen en redes, parece no estar del todo claro lo que es la apropiación cultural. 

Según el filósofo James O. Young, que en 2010 ya teorizaba sobre estos asuntos, la apropiación cultural es “la adopción o el uso de los elementos de una cultura por los miembros de una cultura ajena”. A priori, esta definición no tiene porqué llevar aparejada consigo ningún tipo de connotación negativa, a fin de cuentas, son muchos los siglos de intercambio y mestizaje cultural en el que las diversas sociedades han tomado símbolos de otras con motivo del contacto establecido entre ellas. Un ejemplo de apropiación cultural lo podríamos encontrar en los jóvenes europeos que llevan rastas, un tipo de peinado que nació en el África norte y oriental y que, después de haber sido tomada por varios pueblos, entre ellos los egipcios, griegos o los pueblos del océano pacífico, llegó a Jamaica, donde con el auge del reggae y el movimiento hippie, se convirtió en un peinado global. Lo mismo sucede con los piercings, elementos decorativos nacidos en sociedades tribales para celebrar el paso de la adolescencia a la madurez que fueron incorporados en los 70´por la cultura punk. Todos estos elementos, hoy en día entendidos como decorativos o estéticos por las sociedades occidentales, suponen la culminación de un proceso de apropiación producido por el contacto y el mestizaje de culturas. Pero ¿cómo podemos saber si se trata de un hecho negativo? Para muchos autores, como la profesora Olufunmilayo Arewa, este intercambio se torna nocivo cuando se incurre en una serie de premisas, tales como el hecho de que “el préstamo cultural refuerza las relaciones históricas de explotación o priva a los países no hegemónicos de oportunidades para controlar o beneficiarse de su material cultural”, o bien “cuando los patrones de endeudamiento no reconocen sus fuentes y las compensan”. Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en el desfile de la campaña otoño-invierno 2015-2016 de Givenchy, donde modelos no latinas portaron un peinado típico de las mujeres latinoamericanas de clases populares e inmigrantes en EE. UU. El diseñador de la colección, Riccardo Tisci, llamó a susodicha colección “Chola Victoriana”, hecho conflictivo, pues la palabra chola, hoy en día apropiada por la población latinoamericana inmigrante en EE. UU, se usaba para referirse de forma despectiva a este grupo. La incorporación de ese peinado a modelos no latinas y la utilización de una palabra tan controvertida por parte de creadores no pertenecientes al colectivo, constituyen un ejemplo de apropiación cultural que no reconoce sus fuentes de inspiración y priva a la comunidad no hegemónica del reconocimiento y beneficio de su material cultural.

FUENTE: yourstylestation.com

Las definiciones previas hacen referencia a lo que entendemos por la apropiación cultural ejercida por el sujeto creador de cultura, el apropiador, pero ¿qué pasa con las personas que consumen esos productos culturales? ¿también incurren en apropiación? A este respecto, algunas voces como la de la actriz Amandla Stenberg, argumentan que “la apropiación ocurre cuando un estilo lleva a generalizaciones racistas o estereotipos donde se originó, pero se considera de alta moda, genial o divertido cuando los privilegiados lo toman por sí mismos” (Stenberg, 2015). Siguiendo este tipo de afirmaciones, podemos entender que no solo el productor, también el consumidor cultural tiene mucha responsabilidad a la hora de reconocer y premiar el trabajo artístico que consume, pues puede ser parte importante y activa del proceso de apropiación, siendo capaz de transformar un proceso de creación cultural en un acto de segregación en el reconocimiento de la producción cultural.

¿Desde cuándo existe la apropiación cultural?

Que las redes sociales han permitido la viralización del debate en torno a este fenómeno es un hecho, pero lo cierto es que la apropiación cultural se produce desde hace mucho tiempo.

En pleno siglo XX, uno de los artistas más famosos y de mayor alcance global, Pablo Picasso, hacía una de sus afirmaciones más controvertidas y célebres. El autor del “Guernica” decía: “los grandes artistas copian, los genios roban”, dejando patente que la apropiación es un elemento importante relativo al proceso de creación desde hace por lo menos un siglo.

La activista antirracista, socióloga y artista Iki Yos Piña Narváez, afirma que “fueron los museos de arte y de ciencias naturales, antropológicos, o de las culturas del mundo los que inauguraron esta tendencia de despolitizar los valores tradicionales de las culturas, asimilarlos y enriquecerse a costa del patrimonio colonial”. Siguiendo esta interpretación, la apropiación cultural sería un fenómeno que habría surgido en el proceso de colonización y que se habría perpetuado hasta nuestros días.

¿Constituye la apropiación cultural la mayor lacra del racismo en las sociedades de igualdad normativas actuales?

Para poder aportar algo de información a este respecto, es necesario escuchar a las voces que se encuentran en la posición de subalternidad con motivo de las discriminaciones racistas que se perpetúan en la sociedad, las que poseen lo que Donna Haraway llamaba conocimiento situado.

En este sentido, una de las voces más fuertes y críticas la encontramos de la mano de Desirée Bela-Lobedde, escritora y comunicadora afrodescendiente, activista antirracista, y feminista, quien reconoce que, si bien para ella la apropiación cultural es una “práctica concreta que sí se debe al racismo, hay temas en los que sería más deseable el mismo interés”. La activista pide la misma intensidad de lucha para combatir la ley de extranjería (que para ella impide a las personas migrantes llevar una vida plena en España), la misma sensibilidad con las personas exiliadas y la misma preocupación de la gente “blanca” para acercarse a las luchas diarias de las personas migrantes.

Si nos acercamos a informes de organizaciones antirracistas, como el de SOS Racismo en 2018, podemos ver que el conjunto de acciones racistas que se perpetúan al año en España se producen desde diversos ámbitos, tales como el institucional (las identificaciones por perfil étnico en la frontera hispanofrancesa), el social (agresiones verbales o físicas callejeras, que no cuentan con instrumentos que reparen a las víctimas y que cada vez se normalizan más) y el político (auge de los discursos de odio y discriminación en el acceso a servicios públicos y privados por cuestión de raza o etnia).

Para concluir, me gustaría hacer mías las palabras de Bela-Lobedde, quien afirmaba que la apropiación cultural, a pesar de su trascendencia y la necesidad de toma de conciencia sobre la misma, es “una gran cortina de humo que nos distrae de otros muchos temas”.

*Fuente imagen de portada: azmazine.co.uk/

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