Zelda Sayre (esposa de) artista

La primera vez que conocí a Zelda fue en París, pasada la medianoche. Yo tenía trece años, y sinceramente la odié. No me pareció una mujer agradable, al contrario, me pareció una mujer vulgar y alcohólica. Sin embargo, Scott me enamoró, le vi dulce y atractivo, y sentí pena porque estuviese casado con Zelda. Vaya martirio, pensé entonces. Y las palabras de Hemingway no ayudaron en nada a suavizar mi opinión. Para este último, Zelda distraía a Scott por envidia, porque ella no tenía talento y él sí, y por eso le empujaba a la bebida y las fiestas, para mantenerle distante de la escritura. Pero esto no solo lo pensaba el escritor de Por quién doblan las campanas, también la persona que nos presentó, el controvertido director de cine Woody Allen. Pero para Zelda, aquella impresión que yo tenía sobre ella no era justa, de hecho, mi impresión estaba contaminada. Había un sesgo masculino en aquella presentación por varios motivos:

  1. Zelda sí tenía talento. Estudió ballet y era docta en la escritura y la pintura.
  2. Scott ya coqueteaba con la bebida mucho antes de conocer a Zelda, y tanto las fiestas como el desfase que acompañaron a este matrimonio, acabaron siendo más nocivos para ella que para él.
  3. Scott no era tan dulce ni tan buen marido.
Fotograma de la película Midnight in Paris (2011)

Zelda inicia su formación en ballet en 1909, abandonando la misma en 1917. La razón era que había sido criada para convertirse en una “Southern Belle” y “casarse con un marido rico y atractivo que le proporcionase una vida social brillante, así como seguridad económica y estabilidad emocional” (García Rayego, 2003:2). Y esto fue su maldición, porque la ató completamente a Scott. Éste nunca la apoyó en su deseo de convertirse en bailarina. El baile para ella era un refugio de la degradación, sombra, excesos e infidelidades de Scott. El escritor ya bebía antes de casarse con Zelda, pero su consumo fue creciendo con el tiempo hasta acabar siendo un auténtico alcohólico. En un fragmento de una carta de Zelda escrita en 1930 a su marido:

“Vivíamos en la rue Vaugirard. Tú estabas siempre borracho. No trabajabas y de noche te llevaban a casa los taxistas, eso cuando volvías a casa. Decías que era culpa mía por bailar todo el día. ¿Qué iba a hacer yo? Te levantabas para la comida. No me hacías ningún caso y te quejabas de que era insensible. Te pasaste literalmente todo el verano borracho. Yo lo pasaba tan mal que no podía dormir y volví a tener asma. Te ponías furioso cuando no quería ir contigo a Montmartre”.

Zelda buscaba encontrar su identidad a través del baile, de hecho, para poder costearse las clases sin depender de su reacio marido, entre 1928 y 1929, comienza a escribir una serie de seis relatos de mujeres, cuya primera publicación, The Original Follies Girl, verá la luz a través de la revista College Humor en julio de 1929. De hecho, sus historias breves ya venían publicándose desde 1921. Es más, tal y cómo le había sucedido a Colette con su marido o a Fanny Mendelssohn con su hermano (aquí podía citar a innumerables mujeres) su marido se apropió de su éxito. Para lxs detractorxs, en 1927, Zelda escribe cuatro artículos: The Changing Beauty of Park Avenue, Looking Back Eight Years, Who Can Fall in Love After Thirty? y Paint and Powder. Serán publicados en diferentes revistas y la autoría será atribuida o bien únicamente a Scott (caso del último artículo) o bien a ambxs. Pero, estos ejemplos son una nimiedad con respecto a lo que viene a continuación.

En 1932 se publica Save me the Waltz, novela en la que Zelda, a través del personaje de Alabama, retrata su vida. Por desgracia, la novela publicada no es la verdadera novela que escribió Zelda. Fueron dos privilegiados los que pudieron leer el auténtico manuscrito en su estado más puro: Maxwell Perkins (editor del matrimonio) y el propio Scott. El enfado de éste con su mujer fue monumental, porque Zelda había usado el mismo material que él estaba utilizando en Suave es la Noche (publicada en 1934): su vida, cartas y matrimonio. Así que le hizo modificar la novela, y quitar partes enteras. Pero no era la primera vez que utilizaba su matrimonio y la figura de su esposa para sus obras (representándola de manera muy superficial en bastantes ocasiones como en El Gran Gatsby). Ya en su primera novela A este lado del Paraíso, publicada en 1920, Scott había utilizado las cartas que Zelda le había escrito, así como parte de los diarios de ésta. Pero la apropiación de las ideas de Zelda es una tradición en todas las obras del escritor. La artista denunciará dicha apropiación tras la segunda novela de su marido, Hermosos y malditos, a través del artículo publicado en 1922 por el New York Times Friend Husband’s latest (Juan Rubio, 2012:5):

“El señor Fitzgerald parece creer que el plagio comienza en casa”

Scott dificultaba el trabajo escrito de Zelda porque los resultados de ambos eran similares, él tenía que ser el artista, ella solo la musa y la mujer silenciada a la que le roban las palabras. Aun así, Zelda no se rindió en definir y apropiarse de su propia identidad, y en 1925 comienza a descubrir su pasión por la pintura en Capri. Desde entonces no dejó el pincel y desde 1927 (año en que retoma el baile) desarrolló sus tres facetas artísticas ya descritas: la pintura, el baile, y por supuesto la escritura. Y mientras ella trataba de definirse como artista, él bebía y se entregaba a otras mujeres. Lo irónico vino cuando Zelda se enamoró de un aviador francés y decidió abandonar a Scott, éste la encierra en su casa hasta que cambia de parecer. Pero esto es tan solo un pequeño ejemplo del control y posesión del escritor hacia Zelda. Reflejo de esto puede apreciarse en la carta citada más arriba:

“En California, aunque no me dejabas ir a ningún sitio sin ti, tú mismo te dedicaste a relaciones sentimentales escandalosas con una niña. Dijiste que no querías nada más de mí en toda tu vida, pero armaste una escena cuando Carl propuso que fuera a cenar con él y con Betty Compson. Fuimos al este(…) cuando ya no había más que hacer en la casa empecé a dar clases de baile. Cuando viste que me hacía feliz te disgustó. Te enfurecían los ensayos y te molestaban los trenes. Ibas a Nueva York a ver a Lois y yo conocí a Dick Knight la noche de aquella fiesta para Paul Morand. Y aunque entonces estabas comprometido sentimentalmente, volviste a prohibirme que viera a Dick y te pusiste furioso por una carta que me escribió”.

Y este control por parte de Scott, sumado al desesperado intento por mantener a su mujer a la sombra, así como los excesos de fiestas y alcohol de ambxs, terminó para hacer mella en la salud de la artista, que fue diagnosticada de esquizofrenia por el doctor alemán Bleuler en 1930 y de complejo de inferioridad por el doctor Rennie en 1932. Los doctores no veían el trabajo literario de Zelda como una afirmación positiva de su creatividad, sino como una llamada de atención y un intento de antagonismo con su marido (García Rayego,2003:4-6). Sin embargo, su último doctor, Steven Buie, creía que lo que Zelda sufría era un trastorno bipolar. Hay que recordar que la psicología y psiquiatría (o porque no decirlo en término mayores) la medicina tiene una larga tradición machista, y son frecuente sus errores en los diagnósticos de mujeres, tildando de esquizofrénicas a las mujeres con trastornos bipolares o depresiones (como le ocurrió a Sylvia Plath) o la aplicación del término histérica como cajón de sastre para todos los problemas femeninos (causados por el sistema patriarcal y machismo) que los doctores varones no comprendían. Estos desacertados diagnósticos llevaron a la artista a entrar y salir de diferentes sanatorios y sufrir sesiones de electroshock (terapia común tanto para varones como mujeres) hasta su completo internamiento, lo que le obliga a abandonar el baile, no así la pintura y escritura que la acompañaron hasta su trágica muerte en 1948.

Por tanto, el retrato que hizo sobre ella Woody Allen era erróneo, y tanto yo como la sociedad nos equivocamos al juzgarla. Scott Fitzgerald fue la cadena de Zelda Sayre y no viceversa.

Para quien quiera ampliar información:

Garcia Rayego, Rosa (2003) La realidad como fantasía artística

Juan Rubio, Antonio Daniel (2012) La lucha de Zelda Fitzgerald para convertirse en artista.

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