Cócteles de moda: turismo de masas, AIRBNB y/o especulación inmobiliaria

El turismo es considerado como un derecho universal por la OMT (Organización Mundial del Turismo). Todxs tenemos derecho a descansar en vacaciones, ir a visitar otras ciudades y empaparnos de sus culturas.  El problema se genera cuando el turismo se transforma en un producto más de consumo, dando lugar al turismo de masas. Entonces, como afirma la investigadora y académica australiana, Freya Higgins-Desbiolles, deja de ser un derecho porque pierde su finalidad como instrumento de cambio positivo, en tanto que, pasa de bien público a mercancía. En nuestro país las lógicas o dinámicas liberales en las que se han insertado los planes de desarrollo de turismo, al igual que sucedió con el sector de la construcción, han buscado obtener el máximo beneficio sin llevar acabo estudios sobre las consecuencias y perjuicios que el rápido desarrollo del sector podría generar, ignorando a sociólogxs y antropólogxs que advertían de los efectos nocivos que hoy sufrimos.

De hecho, en el año 2003 el antropólogo y profesor titular de la Universidad de Barcelona, Llorenç Prats, advertía de que la mayoría de los proyectos que se llevan a nivel local basados en el uso turístico del patrimonio, no responden a las demandas de la población local, sino más bien a los intereses de las administraciones (Martínez, 2015:349). Estas últimas, frente a las protestas por el mercantilismo abusivo en el que ha degenerado el turismo, se escudan bajo el axioma: el turismo genera riqueza y puestos de trabajo. Ahora bien, esto ha de cogerse “con pinzas” ya que como explica el escritor y periodista, Pedro Bravo, el turismo mueve mucho dinero y crea mucho empleo, pero el movimiento de dinero no necesariamente acaba en la ciudad y el empleo tiende a ser estacional, temporal y precario (EL País, 2018). Por ejemplo, de los 89.678 millones de euros de gasto turístico, que el gobierno español aseguró que lxs turistas internacionales se habían dejado en nuestro país durante 2018, solo un poco más de dos tercios fueron efectuados en nuestro territorio nacional. Según datos del Banco Mundial, el gasto real fue de 62 millones de euros.  La cantidad restante, 28.500 millones, fueron gastos realizados en el país de origen (como por ejemplo el pago de los billetes de avión a una compañía aérea extranjera, el abono a una agencia de viajes en su país de residencia…) (Page, 2019).

COSTES MEDIOAMBIENTALES Y SOCIALES

Asimismo, las administraciones infravaloran los costes de este modelo de turismo masivo.  Por un lado, se hayan los costes medioambientales: de media diaria, un/a turista gasta entre 450 y 800 litros de agua, en función de la estación y de la zona (un/a ciudadanx normal gasta de media 127 litros) y en zonas del cinturón tropical puede incrementarse a los 2000 litros por día según la fundación We Are Water. Por otro lado, el transporte marítimo y la aviación son responsable del 5% de las emisiones de CO2 de nuestro planeta y según un informe del Parlamento Europeo (2015) se prevé que alcancen el 22% y 17% aproximadamente para el año 2050 (en estos datos no solo se tienen en cuenta los viajes comerciales). Pero este turismo de masas también produce costes sociales como la gentrificación. Ésta puede producirse por múltiples motivos. Tal y como explica el investigador y experto en Estudios Urbanos y Teoría social, Michael Janoschka (2018:25), consiste en una expulsión de las clases populares a través de cuatro pasos: la inversión de capital, la transformación del paisaje urbano, la expulsión de usos, sujetos y subjetividades de determinados lugares de la ciudad y su remplazo por usos que generan mayor rendimiento económico.

Barcelona. Imagen de Vincens Forner (El País)

Según Janoschka (2018:28) puede haber varios tipos y actores de gentrificación, ejemplo de ello son los actores públicos que desde la década de los 90 apostaron estratégicamente por poner en valor el patrimonio histórico y cultural; o la gentrificación simbólica mediante la producción cultural institucionalizada al introducir, mediante la política, nuevos usos culturales en la ciudad y de aplicar códigos y normas de convivencia en el espacio público. Pero, la que aquí nos concierne es la denominada gentrificación por desposesión turística. Ésta última consiste en la transformación de vivienda habitacional en turística u hoteles, a través de la compra de viviendas o edificios enteros por grupos inversores. Los doctores en sociología Javier Gil y Jorge Sequera estudian el fenómeno Airbnb explicando sus efectos en las ciudades.

ESPECULACIÓN INMOBILIARIA Y EL FENÓMENO AIRBNB

Para empezar, Airbnb se vende como una empresa de economía colaborativa o p2p, que consiste en todxs aquellxs anfitrionxs que alquilan su primera vivienda y única (bien con ellxs viviendo o bien cuando se marchan de vacaciones) para obtener un ingreso extra. Pero en la práctica, se observa que, en Airbnb no todas las ofertas de hospedaje cumplen este principio (Gil et al, 2018:18). En la siguiente tabla elaborada sobre Madrid por Gil y Sequera puede observarse que el 75,79% de lxs anfitrionxs posen el 45,01% de los anuncios de vivienda, mientras que el resto pertenecen mayoritariamente a grupos inversores y fondos buitres como Blackstone. Estos grupos especulan con la vivienda inmobiliaria al sacarla del mercado habitacional y cambiarla por el turístico.

FUENTE: Gil y Sequera, 2018

Las consecuencias son grandes: subidas de los alquileres, expulsión de lxs vecinxs del barrio al no poder pagar aquellos, cierre de los comercios locales por la transformación urbana que se orienta totalmente al consumo del turista, degradación de la calidad de vida de lxs residentes por la ludificación de las ciudades. Y no solo me refiero al ocio nocturno y la convivencia ruidosa si te tocan erasmus en tu comunidad de vecinxs, sino de la masificación de turistas en los espacios públicos tal y como sucede en las Ramblas de Barcelona o el Rastro madrileño.

NO ES FOBIA AL/LA TURISTA, ES RECHAZO A LA TURISTIFICACIÓN

Madrid y Barcelona no son ejemplos aislados, se trata de un fenómeno global que ocurre en San Sebastián, Valencia, Venecia, París, Ámsterdam, Berlín, Londres, etc. Pero no se trata de matar al/la turista porque todxs somos turistas, todxs hemos alquilado un Airbnb (yo misma escribo este artículo desde uno) o cogido vuelos low-cost. Pero, como explica Agustín Cocola, investigador del Instituto de Geografía y Ordenamiento del territorio de la Universidad de Lisboa “el problema no es el usuario individual sino cómo se producen las cosas. El usuario siempre va a escoger lo que más conveniente es para él, pero él no es el responsable del proceso de producción”. De lo que se trata es de transformar el turismo de masas en turismo sostenible. Se trata de crear un turismo de “calidad y no de cantidad”. Se trata de que se tomen medidas no solo a nivel municipal sino también a nivel nacional y europeo para proteger a lxs residentes de los barrios, su acceso a las viviendas habitacionales, los espacios públicos y por su puesto el medio ambiente. Se trata de que los gobiernos del turismo cumplan con su larga lista de funciones entre las que, como explica la doctora en políticas María Velasco (2016:579) se encuentra:

“imponer límites o, en su caso, pérdidas a los grupos poderosos, si de ello deriva un modelo más equilibrado y justo. La sociedad no es un espacio de iguales, ni el mercado un lugar en donde compiten, en igualdad de condiciones, la totalidad de los agentes (…) Hay grupos con intereses concretos que pueden imponer modelos turísticos desequilibrados o modelos que genera grandes costes para un grupo concreto de la población”.

Pero siendo realistas, la política ha demostrado o bien ser insuficiente o bien mirar hacia otro lado, y la única manera de que ese cambio ocurra es presionar a la política desde  la ciudadanía, a través de proyectos de concienciación y divulgación como “el Atlas de la Turistificación”, y las redes y presión ciudadana con iniciativas como: El movimiento vecinal en torno a la Casa Grande del Pumarejo (Sevilla), el Foro por el Derecho de la ciudad (Córdoba), Morar em Lisboa (Lisboa), las 30 entidades vecinales de Barcelona, Lavapiés ¿Dónde vas? (Madrid), entre otras muchas. De lo contrario, nuestras ciudades acabarán siendo meras atracciones turísticas y perderán su razón de ser.

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