La historia no la escriben los vencidos.

La historia la escriben los ganadores. Los vencedores hacen el relato que va a comenzar a formar parte del imaginario colectivo y de la cultura popular. Los primeros indicios de diferencia de clase se pueden encontrar tras la gran revolución Neolítica, y tenemos constancia de ella por el arte (además de por los descubrimientos arqueológicos de los ajuares a través de todo el mundo). Llega un momento en el que las pinturas rupestres dejan de representar la realidad de forma ritual para empezar a representarla para dejar tener un carácter más documental. Se puede ver que, en un momento dado, se inicia un proceso de transformación a la hora de representar a las personas, dejando de hacer todas las figuras iguales para empezar a dar más importancia a unas que a otras. Posteriormente tenemos la formación de los regímenes monárquicos. En algunos sitios, como en las sociedades nórdicas paganas, su poder estaba legitimada por una asamblea de hombres libres que elegían al rey en función de su habilidad para resolver los conflictos. Si no tenía esta capacidad resolutiva, era expulsado. Por otra parte, tenemos las monarquías en las sociedades cristianas, poder justificado de forma divina. El máximo poder del que ha gozado la religión desde su propia concepción es el poder de formar relatos, y esto se ha compenetrado siempre muy bien con el poder político. Posteriormente, tras la caída de las sociedades feudales y la formación de las sociedades burguesas industriales capitalistas, el recorrido social llevaba tras de sí una asimilación completa de una jerarquía vertical piramidal: los muchos sirven a los pocos. Después llegan las revoluciones a través de todo el mundo y convierten la ilusión en odio, pervirtiendo la lucha y dándole al capital la herramienta definitiva para desacreditar los movimientos revolucionarios. Conforme avanza la Guerra Fría se desarrollan varias carreras que se irán perdiendo poco a poco. Primero la carrera espacial, luego la económica y, finalmente, la política, pero lo que determina el final de la guerra fría es la batalla por el relato. El capitalismo ganó y permitió que se pudieran tachar películas como El acorazado Potemkin o La huelga como cine propagandístico y cine como Star Wars como simplemente ciencia ficción, cuando es exactamente ese tipo de narraciones las que legitiman el orden social. En Star Wars un grupo de caballeros mantienen el orden y la paz a través del miedo militar que les procesan los sistemas galácticos. Una especie de organismo sectario que decide lo que está bien y lo que está mal, organizando adeptos que son entrenados como guerreros monjes con bases religiosas. ¿Y quiénes son los buenos? Aquellos que mantienen el orden social en torno al miedo. Y nos encanta. En El Señor de los Anillos nos encontramos con que “los buenos” son una serie de reyes establecidos por linaje real y que luchan contra unos invasores que están condenados a refugiarse en una tierra infértil y llena de cenizas llamada Mordor o a esconderse en el resto de sus bases en las montañas nubladas, en las cuales son cazados por elfos y enanos. En El Señor de los Anillos no se nos explica cual es el orden social que siguen las huestes de Mordor, pero no interesa. Los reyes son los héroes de la historia. Los máximos explotadores son los admirados líderes del mundo. Así que como siempre, estamos ante una simple guerra de carácter imperialista. ¿Cuáles son las motivaciones de los orcos? No importa, son malos, son “los otros”. En Canción de Hielo y Fuego esto cambia un poco, ya que tiene en cuenta a la hora de escribir a los personajes que no hay blancos y negros, que es todo gris cuando introduces en la ecuación el materialismo dialéctico marxista. Pero igualmente, los reyes y los nobles son los protagonistas. Los pobres son un elemento narrativo, no algo donde indagar. La gente gobernada sirve para contextualizar, no para mover la historia. Incluso en la serie, (spoiler) al acabar con los caminantes blancos en el capítulo tres de la octava temporada, lo único que haces es legitimar que la verdadera lucha es la lucha por el poder (fin del spoiler). El verdadero triunfo de la ideología de mercado es la legitimización social invisible que se da en toda la cultura, además del monopolio para poder tachar de ideológico simplemente lo que se salga del orden social. Y no son solo esos ejemplos, es todo, ¿o acaso es casualidad que justo ahora, con el calentamiento global a punto de arrasar nuestro mundo, sean los superhéroes los que tienen su auge? ¿Cómo explicas sociológicamente que en lo que más se invierte sea en hacer ver como un soldado, un científico, un multimillonario y un dios salvan la tierra? Las justificaciones del orden social se van acumulando, y el progresismo capitalista lo único que hace es asimilar los actos de lucha y los movimientos revolucionarios.

Este es el gran fracaso de la izquierda y de los movimientos revolucionarios. ¿A quién le va a motivar algo en lo que para estar enterado tienes que leerte siete volúmenes de El capital de Marx y otros tantos ensayos sobre lucha de clase? Por no hablar de los hombres que quieren cambiar sus masculinidades tóxicas y no se les dan referentes a seguir que tengan actitudes sanas y que igualmente sean personas fuertes y admirables a las que idolatrar, que no sean unos lameculos y unos idiotas manipulables. Menospreciamos demasiado el cariño, el amor y la bondad dentro de la propia lucha tanto como en el sistema que queremos destruir. Si alabamos las mismas cosas que alaba el poder no conseguiremos cambiar nada. Y no vengo a decir que nadie perpetúe el sistema porque le gusten todas esas frikadas que a mi también me gustan. Disfruto muchísimo leyendo como Aragorn mete espadazos, viendo como los clones arrasan con sus blaster y viendo como Freddy Krueger atraviesa las entrañas de adolescentes promiscuas, pero hay que tener en cuenta que detrás de todo eso hay un producto ideológico adaptado a la época. Todos sabemos que las aportaciones culturales de antes eran machistas, pero no solo porque se reprodujeran comportamientos que se daban en la realidad, sino porque legitimaban el orden social. Ahora hay una nueva cultura para una nueva edad de capitalismo atroz vestido de socialdemocracia. Necesitamos más referentes revolucionarios, necesitamos revestir la lucha de epicidad, y la autocrítica y el fallo como algo a admirar. Puede que nadie quiera luchar junto a esa feminazi que “va diciendo que todos los hombres somos violadores”, pero tal vez si junto a una mujer que se ha curtido en un sistema y que a luchado contra todo pronóstico, descendiente de aquellas brujas que un 8 de Marzo fueron quemadas vivas, lanzando un grito final y tiñendo con su magia el cielo de morado. Puede que nadie luche junto a esos comunistas y anarquistas locos “que vienen a robarnos las casas porque no quieren trabajar”, pero puede que si que quieran trabajar por construir un mundo mejor junto a un minero asturiano que, con carbón en las manos y sin nada que llevarse a la boca, cogió un fusil y se quitó el yugo. Porque es que la revolución no está en la violencia, está en nosotros mismos y en cambiar (contra todo pronóstico) nuestra forma de concebir el mundo y nuestras relaciones con las personas que lo habitan. Es aquí donde entra Kvothe, de El nombre del viento. Kvothe es un niño que recorre los caminos del mundo conocido con su troupe de artistas, hasta que un día se encuentra solo y sin dinero, solo con su laúd. Un pobre siendo el protagonista de la historia. Un pobre que consigue ascender en la pirámide social en un mundo de competitividad hostil, que consigue aprender magia y sigaldría en la universidad, un pobre que con su laúd se enfrenta a todo y que procesa un amor y un respeto por todo lo que toca y ve, y que solo leer como desenvuelve los acertijos que rodean a lo cotidiano, dando importancia a cada detalle de la vida, da esperanzas para pensar que un nuevo mundo es posible. Tenemos que crear nuevos relatos, tenemos que dar a la gente ganas de luchar por nuevas formas de vivir mejor. Tenemos que dejar de matarnos por los -ismos, tenemos que dejar de echarnos las culpas de lo que pasó en la Guerra Civil. Tenemos que hacer ver que si queremos cambiar las cosas no es porque seamos moralmente superiores, sino porque el hacer feliz a alguien es bonito, porque el amor por el amor es bueno, y porque la libertad es algo por lo que merece la pena morir.

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