Poesía y feminismo: ¿Dónde estamos las mujeres?

“Has nacido mujer…Y te preguntas si es humillación el aceptarte con todo lo que fueron tus abuelas, con todo lo que fuiste y fue tu madre, con lo que tú eres hoy, un ser que busca los posibles sentidos de la vida, del amor, de la muerte y la tristeza, la profunda raíz de la esperanza”. Estas palabras de Concha Zardoya, poeta chilena, bastan para comprender el papel de la mujer en la poesía hasta el día de hoy: la búsqueda constante de una identidad para definirnos como mujeres, para diferenciarnos de la escritura masculina, es decir, de la única escritura posible hasta el momento. Aunque las poetas siempre han estado ahí (publicando bajo seudónimos, con la firma de su marido o escribiendo escondidas), las mujeres no aparecemos en el terreno de la poesía en castellano hasta ya el siglo XIX. ¿Qué identidad puede tener entonces una voz que ha sido relegada al silencio durante tantos siglos? No es difícil averiguar por qué al leer poesía de mujeres, lo que encontramos con más frecuencia son poemas de un sentimentalismo hiperbólico, con una voz de fondo que pide a gritos un yo con el que sentirse identificada: la mujer no tenía modelos de escritura femenina en la literatura, no tenía un estilo propio. Empezamos a escribir poesía con las manos vacías. Lo único que teníamos era un puñado de sentimientos hacia el mundo, hacia nosotras e, inevitablemente, hacia nuestros hijos y maridos.


La poeta, Ana María Rodas. (FOTO: Emmanuel García para Look Magazine)

Entre toda esta multitud de mujeres que lucha por hacerse un hueco en el panorama literario, hay cuatro de ellas a las que quiero destacar por no conformarse con esa feminidad impuesta sin más remedio a la hora de escribir e ir más allá en sus poemas. Estas cuatro mujeres son voces relegadas a un tercer, cuarto o quinto plano (como casi toda la literatura femenina) que nos abrieron un camino a las mujeres del ahora, que fueron conscientes de su realidad y buscaron cambiarla mediante la poesía.

La primera es Ángela Figuera Aymerich (1902, Bilbao). Pertenece a la llamada poesía de posguerra. Consiguió una cátedra en lengua y literatura que perdió con la instauración del franquismo, así como su título universitario. Su poesía es directa y comprometida con la situación del momento, por lo que en sus poemas encontramos duras críticas a la España de Franco y a la anulación de la mujer y su personalidad durante la dictadura. Su obra se cimienta sobre un feminismo fuertemente politizado que aun a día de hoy da mucho de qué hablar.

No quiero

Que me manden Fulano y Mengano,

Que me fisgue el vecino de enfrente,

Que me pongan carteles y sellos,

Que decreten lo que es poesía.

No quiero

Amar en secreto,

Llorar en secreto,

Cantar en secreto.

No quiero

Que me tapen la boca

Cuando digo NO QUIERO.

(Figuera Aymerich, A. No quiero. En. Mujer de barro)

La segunda mujer a la que quiero destacar es Julia de Burgos (Puerto Rico, 1914). En 1936 pronuncia el discurso “La mujer ante el dolor de la Patria” en el Ateneo puertorriqueño. Esta autora demuestra en sus poemas una capacidad excepcional para reflejar los problemas de la mujer de su tiempo y la necesidad de escapar de cualquier tipo de opresión hacia su individualidad como sujetos, lo que ha hecho de ella, a pesar de su ausencia en la historia, una de las figuras más fascinantes de toda la literatura hispanoamericana, sin la cuál no se puede entender la literatura española.

Tú en ti misma no mandas;

A ti todos te mandan; en ti manda tu esposo tus

Padres, tus parientes, el cura, la modista,

El teatro, el casino, el auto,

Las alhajas, el banquete, el champán, el cielo

Y el infierno, y el qué dirán social.

En mí no, que en mí manda mi solo corazón,

Mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.

(de Burgos, J. A Julia de Burgos. En. Poema en veinte surcos)

Por último, nos encontramos con Ana María Rodas (Guatemala, 1937), importante figura del feminismo revolucionario de izquierdas en Hispanoamérica. En sus poemas plantea una nueva visión sobre la sexualidad femenina, un tema casi desconocido para las mujeres del momento. Tanto su estilo poético como sus ideas con respecto al erotismo son sorprendentemente contemporáneas.

Asumamos la actitud de vírgenes.

Así

Nos quieren ellos.

Forniquemos mentalmente,

Suave, muy suave,

Con la piel de algún fantasma.

Sonriamos

Femeninas

Inocentes.

Y a la noche clavemos el puñal

Y brinquemos al jardín

Abandonemos esto

Que apesta a muerte.

(Rodas, A.M. Asumamos la actitud de vírgenes. En. Poemas de la izquierda erótica)

Estas mujeres son sólo una parte minúscula de todo el coro de poetas femeninas que han logrado, cada una a su manera, introducir en nuestra literatura una forma de pensar, ver, sentir y escribir que llevaba siglos oculta y silenciada. Pero todas ellas siguen siendo apuntes a pie de página, todas seguimos preguntándonos qué ha sido de nosotras a lo largo de la historia.  Por eso no hay más silencio. Feminismo y literatura, feminismo y poesía. Por ellas por nosotras, porque no queremos que nos manden Fulano y Mengano, porque en nosotras no manda ni el infierno ni el qué dirán social y porque queremos abandonar esto que apesta a muerte.

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