Crónica de Riot Days: de la alegría subversiva a la acción directa

El siete de febrero a las siete y media de la tarde la cola empezaba a serpentear por la calle Hilarión Eslava. Las puertas no se abrirían hasta las ocho. Entre los asistentes se encontraba representado un gran espectro generacional que agrupaba a baby boomers, millennials y centenialls, todos unidos por la épica punk feminista y rompedora que las míticas Pussy Riot derramarían, literalmente, sobre los espectadores. La expectación era
notable, y eran muchos los que no sabían qué iban a presenciar exactamente como parte de ese proyecto llamado Riot Days, en la cola se escuchaban términos como teatro-punk, performance y otros significantes confusos. Lo que si que sabían es que el espectáculo y estaba basado en el libro de María Alyokhina, la misma que hace días había faltado a una entrevista en La Resistencia debido a que la habían retenido en Londres, según había contado Broncano  a Ámparo Llanos, otra de las protagonistas de la noche. No era la primera vez que retenían a la líder del grupo ruso que en 2012 fue condenada a dos años de prisión por “delitos de odio religioso” al realizar una performance anti-Putín en una iglesia ortodoxa, como más tarde escupiría ante un público frenético.

Pero antes del plato fuerte tendrían que sobrevivir a New Day, el fresco y potente grupo folk nacido tras la muerte de Dover. Y a una espacial sesión de música psicotrance de la mano de unos enmascarados que se jactaban de haber asesinado al pop. Finalmente la sala Mon Live abrió las puertas y todo empezó.

El grupo folk rock “New Day”. A la izquierda Amparo Llanos y a la derecha Jota Armijo. FOTO: ALBA MESEGUER

Mientras Amparo Llanos (voz y guitarra), Javier Titos (batería) y Jota Armijo (bajo y coros) se preparaban en sus camerinos, la gente comenzaba a llenar una sala violácea que empezaba a destellar. A las ocho media, con la gran mayoría de los asistentes expandidos por la sala, muchos, cerveza en mano, Amparo Llanos y su banda salían a la palestra y sin dilaciones
comenzaban a tocar Last Night como tema de entrada. Tras unas palabras de agradecimiento en las que reverenciaban el trabajo de Pussy Riot, y presentaban al grupo, los New Day conseguían poner a todo el mundo a bailar al electrónico y vintage compás de Free, que recordaba a aquel que quisiese escuchar que intentar parar la libertad es como intentar parar
el viento. Así, iban cayendo canciones como caían cervezas entre tragos de los que Javier Titos iba pegando a sus botellines, si podía, a través de una melena que le ocultaba la cara como si de un telón de acero se tratase. Antes de tocar Sunrise, Amparo hizo todo un alegato a la sororidad y se la dedicó a su hermana con estas palabras:

“Cuando la compuse estaba pensando en la fuerza que tiene la amistad de una mujer con otra mujer, es simplemente imparable, por eso se la dedico a mi hermana Cris.”

Amparo Llanos, vocalista y guitarrista de New Day. FOTO: ALBA MESEGUER

Finalmente a eso de las nueve menos cuarto se despidieron tras anunciar que su nuevo disco Fever, saldría en 20 días. Y cerraron el concierto con un intenso bonus track, un adelanto del nuevo proyecto: Calling S.O.S. Los rockeros abandonaron el escenario entre aplausos, vítores y gritos que pedían más. Un cigarro y medio después, a poco más de las nueve en punto, tres enmascarados entraban en el escenario con una guitarra, un bajo y una mesa de mezclas. Pop Killers tomaban entrada en la tarima, ante un público algo pasota que esperaba impaciente la salida de Pussy Riot y se hacía el remolón.

El grupo tecno-punk PopKiller. FOTO: ALBA MESEGUER

Sin embargo la banda de tecno-punk-rock alternativo no tardó en empezar a seducir a la juventud que poco a poco empezó a dejarse llevar por los envolventes sonidos psicodélicos, que acompañados por punteos distorsionados y llantos eléctricos te invitaban a conocer nuevas realidades. Mientras tanto, una voz déspota, a veces desgarrada y otras estridente
entonaba el proyecto musical Before Eva que según su página en youtube busca “glorificar la belleza de los encantos más oscuros de las mujeres” y mezcla irónicamente sonidos innovadores y alternativos con secuencias pop. Como se puede escuchar en la canción Only Rockers Left Alive. Finalmente, los tres hombres enmascarados se fueron seguidos por un
merecido aplauso generalizado. Llegaba el momento idóneo para salir a tomar el aire y prepararse para lo que se avecinaba. 

El disc-jockey de PopKiller. FOTO: ALBA MESEGUER

 El productor musical, Alexander Cheparukhin se encargó de presentar la obra  y dejó al público con una inquietante advertencia:”poneos a cubierto”. El público estaba a punto de ver arte protesta en estado puro, una adaptación de un manifiesto punk.
Entran de golpe, a paso militar. 2 sujetos, uno de ellos enmascarado. Un trompetista aguarda en la escena manteniendo un ritmo que empieza a mezclarse con el que escupe la mesa de mezclas.

La DJ y el trompetista de Pussy Riot durante la introducción al manifiesto. FOTO: ALBA MESEGUER


Dos sujetos más ocupan el escenario en silencio y a paso decidido. En la pantalla, al fondo, unas imágenes de disturbios, fuego y explosiones. Los dos artistas de la derecha comienzan a gritar consignas en ruso (que se pueden entender gracias a los subtítulos) y nos incitan a llevar la revolución rusa a la gran pantalla. “¿Qué revolución?” la de ahora,
no la de 1917. Los dos siguen gritando consignas que aparecen en la pantalla ante el estupor del público. De repente María Alyokhina se quita el pasamontañas negro y junto a su compañero Kiryl Masheka comienzan a contar su historia, mientras, el trompetista abandona la trompeta y se lanza a la batería. Nos sitúan, hablan de Putin, “el Patriarca Kirill y Putin se llevan bien porque ambos son agentes de seguridad”, de la Revolución de la nieve en 2011, de la posibilidad de cambio y de como Putin la destroza y la envía
al “basurero de la historia”. Las frases “cualquiera puede ser alboroto”, o “everybody can be Pussy Riot” te asaltan la vista dependiendo de si miras a uno u otro lado de la pantalla. Los subtítulos no son los mejores pero si te defiendes en inglés puedes seguir el discurso perfectamente.


María Alyokhina, Kiryl Masheka y el resto de la banda. FOTO: ALBA MESEGUER

Poco a poco van desgajando la famosa historia de aquella performance revolucionaria en una iglesia ortodoxa que llevó a varios integrantes del grupo a la cárcel. Los bailes descontrolados, como si estuviesen siendo poseídos, los gritos y la épica junto a una base eléctrica y potente
hacen que la adaptación del manifiesto no resulte aburrida, sino todo lo contrario, uno tiene la impresión de encontrarse a las mismas puertas de una revolución. A un ritmo de rap hardcore los rusos siguen gritando los datos, las experiencias y los pensamientos que rodearon al esperpéntico proceso kafkiano que se abalanzó sobre un puñado de activistas. Les siguen citas de distintos personajes del mundo de la cultura, la política y la música: Bukowski, Fidel Castro, Guy Debord…muchas de estas usadas de forma irónica.

Los artistas hacen de narradores y de personajes al mismo tiempo.  Aparecen guardias, jueces, policías… Los ataques a la iglesia también son constantes “La iglesia es sinónimo del Zar” y a grito de “Santa mierda” se jalea a un público cada vez más enloquecido.  Poco a poco la escena se descontrola, las sacudidas aumentan, la rabia y la furia también. Un Masheka sudado y extasiado se retuerce como un contorsionista epiléptico y comienza a simular una masturbación en el suelo. Mientras, María
Alyokhina termina de exponer una serie de normas a tener en cuenta si te ves envuelto en una persecución legal, como “destruir la tarjeta SIM”. Entran entonces en el entorno carcelario, donde las situaciones represivas, machistas y de abuso de poder se acumulan como si de un “gulag” se tratase. A estas alturas Masheka se ha levantado y disfruta de un pitillo cuyo humo lanza despectivamente a la ex-convicta, ahora es un guardia, un
carcelero. El caos y la destrucción llega a su punto más álgido cuando de repente los artistas empiezan a lanzar agua al público, que huye protegiendo sus pantallas, o lo recibe como un bautismo revelador “mi infierno mis reglas”.

Kiryll Masheka lanzando agua al público.

Algunos se revuelven y lanzan vasos a los músicos, y pueden verse imágenes cómicas como la de dos señoras de unos 60 años empeñadas en acertar al ruso musculoso en la cabeza y haciéndole un buen corte de mangas. Los gestos obscenos e insultos bailotean entre escenario y pista, y cuando el agua se acaba los rusos comienzan a destrozar el decorado del escenario (que tiene más de charco que de escenario) golpeando cajas y
pateando objetos, mientras el público se deja llevar por la locura colectiva. 
El relato termina con la amnistía y la puesta en libertad de las activistas, una pregunta queda en el aire “¿Soy libre?”. Rostros de otros presos políticos inundan la pantalla. Una frase esperanzadora y nostálgica nos insta a seguir luchando: “¡No pasarán!” los ecos de la expresión retumban por la sala mientras las sombras de los puños en alto se proyectan
sobre la caverna. Después, aplausos y fundido en negro.
 
Texto: Christian Iván Cuevas Martínez

Fotos: Alba Meseguer Alacid

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